XVI
Del Regreso
Londres –
Febrero 1791
La consumación de su pacto
inicial, fue para Maurice el único elemento en el cual se afianzó para concluir
el camino de regreso. Su cuerpo ardía en fiebre, mientras que en su mente se
acuñaba un torbellino malicioso. Infructuosa, su búsqueda acabó en muerte y
desolación, sin satisfacciones. Sin ninguna conclusión.
Llamó a la gran mansión que se
alzaba en el corazón de Westminster. Esperando por un mayordomo o ama de
llaves, fue entonces una sorpresa al atenderlo el mismísimo dueño de casa.
-Maurice… te ves fatal.
-Con saludos así, quien necesita telegramas.
Reynald Jones lo hizo pasar al
vestíbulo y luego a la sala principal, en donde le pidió que lo escoltara el
último tramo, por las escaleras, hasta su oficina.
-El recorrido es muy interesante,
Reynald… pero me encuentro bastante fatigado. Quisiera saldar nuestras deudas y
marchar.
-¿A dónde?
La pregunta lo atajó sin
respuesta. ¿A dónde iría, enfermo, devastado, sin dinero y sin alma que lo
esperara en algún lado?
-Sígueme hasta mi despacho, en
donde podrás descansar.
-Gracias por tu ofrecimiento,
pero me gustaría concluir con nuestro acuerdo.
-¿A qué le temes?
Una vez más, no supo bien qué contestar.
En este momento, su mayor temor era enfrentarse a la muerte sin triunfos en su
haber como para echárselos en cara. Había fracasado, y eso no se veía esmerado
para su pasaje al otro lado.
Prefirió callar y
acompañarlo.
Acomodados entonces frente a una
chimenea previamente encendida, Reynald le ofreció un cigarro a Maurice que solo
tomó por cortesía. No era un ávido consumidor de tabaco y tampoco era la
ocasión. Allí, el día de hoy, no se realizaría ningún tipo de celebración.
-Te encuentras ansioso y me
halagarías diciéndome el porqué. – su interlocutor le preguntó.
-No me queda mucho tiempo,
Reynald. Tenemos un pacto y quisiera honrarlo.
-¿Temes no llegar a cumplirlo?
-No me gusta tener pendientes.
-Entiendo.
El humo aromatizado comenzaba a
apelmazar la estancia, para cuando Reynald Jones retomó el curso de la
conversación, que muda había quedado. Maurice temía algo más que la muerte;
siendo el silencio su perverso enemigo durante aquellos días de encierro,
comenzaba a sentirse incómodo ante la falta de plática.
-Toma. – Reynald le extendió un
juego de llaves. – Son de la habitación contigua. – le indicó con su mano hacia
una puerta de madera a la izquierda de la chimenea. – Descansa esta noche y
mañana continuamos.
-¿Mañana?
Maurice no estaba seguro de que
su cuerpo resistiera para ver un nuevo día. Le urgía concluir su diligencia con
premura, y el hombre se la estaba dificultando.
-Mañana todo se verá mejor.
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