XIII
De La
Oclusión
Apócrifa era la demanda de su
alma. Sus gritos no se hacían ni se harían escuchar. Las piedras terrosas
temblaron, mas no caerían ni por la fuerza de sus puños ni por la magia de sus
invocaciones. El sellado era inquebrantable, y perpetua entonces sería su
agonía; pereciendo allí, en soledad, una y otra vez. Eternamente.
La falta de oxigeno le había
ayudado a pasar las horas; se había desmayado y por ello soñado con la mixta
liberación. Su mente había vagado por lugares ilusorios y su cuerpo se había
cobrado la vida de quien allí lo mantenía, encerrado como un perro sin dueño ni
destino. Pese a la magnífica experiencia, la asfixia no lo reuniría con la
muerte. A ella la había visto una vez, hacía mucho tiempo atrás, incontable, y
recordaba haberle agradado lo que vio del otro lado; solo era cuestión de
cruzar y obtendría un poco de paz.
No lo dejaron. Lo retuvieron en
este plano y le obligaron a continuar. A dirigir sus pies siempre hacia
adelante, no importa qué.
Su debilidad no hizo caso omiso
al murmullo de las pisadas en el pasillo exterior. Cuando lo habían arrastrado
por allí, le había parecido ser un túnel largo, húmedo y oscuro, aunque mismo
podría haberlo estado imaginando; Nicholai había cosido sus párpados al hueso
superior de sus pómulos, quemado con cal hirviendo su lengua, y desollado la
piel de sus manos y de sus pies. Sus sentidos naturales ahora se reducían a
dos, dejándole el oído y el olfato para que tuviera terror.
La gracia de ser quien era y la cualidad
de sus orígenes lo harían curarse con rapidez, pero necesitaba suplemento
alimenticio para acelerar el proceso. Quizás, con un poco de suerte, su captor se
lo traía. A medida que los pasos incrementaron su intensidad, el aroma que
arroja la mixtura entre la sangre y el miedo alcanzó su nariz. Le estaban
trayendo una presa, y Maurice sabía de buena fe que se encontraba en peor
estado que el suyo. No necesitaba verla para entenderlo, ni siquiera tocarla.
Cuando liberaron el sellado y se la tiraron a sus pies, los latidos de aquel
cuerpo marcaban tiempo de sentencia.
-No pude conseguirte algo mejor.
Las buenas hembras escasean en este insulto de pueblo…
Su esencia entera le rogaba que
acabara el suplicio, erguir sus piernas, abalanzarse contra su captor y
asesinarlo. Devorarlo. Arrancarle la carne en pedazos y beberse su sangre en
claro signo de victoria, en vez de infringirle el sufrimiento a la mujer que,
desnuda y lastimada, sobre el suelo temblaba de horror.
Por desgracia, existían dos
motivos fundamentales por los cuales no podía permitírselo; uno se desprendía
de una lógica razón…
El otro era peor.
Aislando de su reclamo la
posibilidad que jamás sería, dejó que volvieran a encerrarlo. Calculó que
pasarían ocho horas para la próxima vez que viniera a visitarlo, y no obstante
para entonces se convenciera de lo que debía realmente hacer, la chiquilla no
llegaría con vida; moriría antes de frío y por los golpes que había recibido.
Ni siquiera podía decirle que lo
sentía; falto de una buena modulación, tan solo arrullaba unos pocos gritos y
bramidos que eran ecos de lo que alguna vez fue su voz. La consolación en estos
casos era siniestra, pero no pudo evitar acariciarle su hombro despacio y con
benevolencia, sintiéndolo áspero ante el deterioro de sus huellas dactilares.
Especular que se trataba de una
chica bonita y de buena familia lo ponía peor, por lo que liberó a su
consciencia para que creara la fantasía que quisiera. ¿Una prostituta degradada
que abusaba del maquillaje? Malo, pero no lo suficiente como para quitarle la
vida. ¿Una mujer que queda encinta para luego vender a sus hijos por un poco de
dinero? Mejor… aunque no alcanzaba.
¿Qué tal entonces una linda
jovencita a la que se le ofrece el mundo y luego te traiciona arrebatándotelo
todo y arrojándote a un pozo?
Sus colmillos se extendieron al
escucharse y el hambre se apoderó de su ser, por lo que para cuando se
hundieron en el cuello de la joven y la sangre se derramó caliente por su
garganta, no fue dolor lo que sintió, sino placer.
No hay comentarios:
Publicar un comentario