XIV
De La
Revelación
Nueve cuerpos en estado de
putrefacción se acumulaban en un rincón de su celda hermética. El hedor que
desprendían le provocaba arcadas secas, sensación que no vivía desde sus
tiempos de humanidad. Sabía que su captor lo estaba incitando al ataque, a
matar las emociones para revivir la razón, y esta le decía que, para cuando se
cumpliera la hora y aquellas botas volvieran a sonar contra la grava, fuera la
última vez.
Ya no obtendría un buen resultado
a su propósito. Cualquier ilusión que hubiere atesorado se escurría como arena
entre sus dedos, dejándole la molesta picazón de la derrota.
Moriría aquí; era un hecho. Pero
no se iría solo.
Inspiró, ahuyentando la fetidez,
y se concentró, recitando en lengua antigua sin cesar una oración.
Puntual, el sellado saltó,
desplazando la pared de piedra que lo cubría. Pudo oír a su captor llamándolo
por su nombre, pero sus párpados continuaron bajos, así como sus labios todavía
formaban el verso.
-¿Qué se supone que estás
haciendo?
No le contestó; seguiría hasta su
cansancio de ser necesario, pero este en breve sucedió. Lo asieron con fuerza
de su pechera raída y lo arrojaron hacia el otro lado de la habitación de
piedra.
-¡Te dije que te detuvieras!
-En realidad… no. – abrió sus
ojos. – No me dijiste eso.
El miedo en el rostro de su
captor lo dijo todo. Esas pupilas de enfrente centelleaban en un arcoíris
multicolor; desde los rosas a los verdes, desde los violetas a los amarillos,
pasaban por toda la gama del prisma, inventándose otros cuantos.
Entonces la batalla comenzó.
***
Nicholai había logrado asestarlo
en el hombro izquierdo, con su propia espada. Mal movimiento, Maurice pensó,
pero sería el único. Esa hoja volvería a sus manos en breve, porque le
pertenecía, porque se la habían dado a él, y aun lo encontrara la muerte en
este encuentro, no dejaría que nadie se la apropiara otra vez. Nunca más.
Desde aquí sería fácil.
Aprovecharse de la momentánea desorientación de su mejor enemigo, le sirvió
para recuperar su espada y de una sola estocada rebanarle las manos. Gritó y
sangró salpicándolo, cubriéndole los ojos con su jugo; la sensación lo excitó,
como lo hacía toda guerra, por lo que habiéndole quitado su mayor arma de
defensa se declaró ganador de este embiste, llevándolo al suelo con el peso de
su cuerpo.
Solo le faltaba un paso para
acabar. Enterró con impulso vehemente los cinco dedos de su mano derecha en el
pecho de su captor. La piel crujió y los nervios le cedieron el paso al objeto
que buscaba y que hallar no le costó.
Su corazón.
-¡Maurice, detente! ¡No lo hagas!
El había perdido toda esperanza
de volver a verla. Siete días, y aquel que ahora comenzaba a morir sobre el
suelo y reía como un poseso enloquecido, no le había dado indicios de que ella
estuviera aquí. Se veía hermosa, con su cabello oscuro levemente alborotado.
Lucía un vestido tan blanco e inmaculado que parecía una virgen radiante, llena
de luz. Sus labios, siempre carnosos y rosas, formaban un mohín de
preocupación.
-Maurice… no. Por favor.
Aquellas voces malignas que se lo
habían anticipado tuvieron la razón, y ahora él podía verla y palparla,
escurriéndose a través de esos tristes ojos pardos, de su angustiosa expresión.
De la lágrima que en breve caería resbalando por sus mejillas perfectas.
Guillermina De Bourbon.
Era su perdición.
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