XII
De La Resignación
Los túneles les rogaban el escape, mientras ignorando sus
rezos, juntos Nicholai y Maurice se adentraban cada vez más en lo profundo. Con
sus antorchas de fuego en alto caminaron un kilómetro, hasta llegar a un
descanso más abierto aunque igual de tenebroso.
-Hay que seguir por allí. – Nicholai le indicó otro pasadizo
que se extendía en la oscuridad.
-Está bien. Seguiremos… pero antes, Nicholai, confiésame
algo. Sé que he de encontrarme caminando hacia mi muerte. – ante el silencio
esperado, prosiguió. – No hay demonios, ni mucho menos hay Caos. Solo ha de
haber una trampa y es de vuestra ingeniería. Me contenta que conserves lúcida
tu mente, pero hay algo que no he de entender. ¿Por qué me odiáis tanto?
La ignición proferida por las teas chisporroteó reflejándose
en las pupilas del hechicero, magnificando el gris que las coloreaba
volviéndolas ámbar. Las comisuras de sus labios se extendieron por la fétida inercia
de sus pensamientos, de lo que haría ahora y después, regodeándose en la
posibilidad de concluir su objetivo.
-Habéis bajado hasta aquí, aun al tanto de lo que suponía.
Podríais haber escapado, podríais haber elaborado uno de vuestros planes que
tanta victoria te han traído antaño, sin embargo estáis aquí, solo y sin
refuerzos, sin planes ni estrategias que te avalen. U os habéis vuelto
descuidado o vuestra estancia entre los hombres os ha emblandecido el orgullo y
doblegado el corazón. Esperando por vuestra muerte… - Nicholai escupió con
desdén. A sus ojos se había vuelto un enclenque pusilánime, si bien no cobarde,
débil de carácter y resignado al destino que otros le quisieran imponer. – ¿Por
qué?
-Porque quiero entender. Y como vuestro otrora emperador, te
demando una respuesta. ¿Por qué has de odiarme tanto, hermano?
Maurice sintió de inmediato la incisión. Su torso estaba
siendo atravesado por una hoja de metal, de extensa envergadura y refinado
espesor. Los músculos de sus piernas comenzaron a contraerse, hasta que ya no
pudo sostenerse de pie, hendiendo sus rodillas sobre la sólida grava.
-La tierna y dulce Elizabeth. Sabía que no te resistirías a
ayudarla. Predecible has vivido, predecible morirás… mas no será tan rápido.
El superior asió la hoja por su empuñadura, tirando de ella
hacia afuera con el fin de liberarse del tormento, no así lográndolo. Se
hallaba sellada entre sus costillas, atascada en su esternón, que pronto se
disolvería en astillas que navegarían por el torrente de sus venas hasta su
corazón.
-Sufrirás los que otros han sufrido por la gracia de tus
resoluciones, y será por el tiempo que yo disponga, que entre nosotros bien sabemos
puede volverse eterno.
-No… es… mi espada. – un hilo de sangre brotó desde la boca
de Maurice. Enfermo y sin fuerzas, la agonía nunca antes sentida entorpecía su
modulación.
-Se pueden hacer cosas grandiosas cuando se tiene con qué. Es
una réplica. Si bien me encontrado escaso de elementos como para hacerla mejor,
visto y considerando el resultado, me enorgullece bastante.
-¿Dónde… está…? – desesperado en la sensación de encontrarse
atrapado en su propio cuerpo, cuanto mayor esfuerzo impartía para redimirse de
la opresión, mayor era el dolor que sufría.
-Ha cumplido su propósito y se encuentra bien guardada. Y
ahora descansa, mi hermano, que en breve nos volveremos a ver.
No era su espada la causa de su lamentación. El preguntaba
por su amada desvanecida, tras la quietud que ensalza la congoja antes de la
extenuación.
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