"No-one knows how they're going to be remembered. All you can do is hope for the best."

Doctor Who ~ The Unicorn And The Wasp



jueves, abril 10, 2014

The Prestige (Chapter I)

I

De La Palabra


Londres – Noviembre 1790

El lo vio acercarse, con paso definido, firme. Seguro. Tanto que podría haber afirmado que se convertiría en su centro de atención. Pese a esto, su prioridad fue la de levantar el vaso de cerveza y llevárselo a sus labios.

El Patio del Gideon parecía ser un gran punto de encuentro para la aristocracia de Londres y pocas eran las tardes tristes, desprovistas del brillo de aquellos nuevos ilustres del Reformismo; pero hoy la lluvia estorbaba cualquier ambición.

-¿Señor Maurice De Eysteinsson?

Lo sorprendió. Pocos conocían su verdadero apellido, sin embargo, no quiso demostrarlo; estiró apenas el arco de su ceja izquierda bajando la cerveza a la mesa.

-Quién.
-Reynald Jones. ¿Me permite sentarme?

Con probabilidad, el hombre lo dijo por cortesía, dado que no esperó ningún tipo de respuesta antes de tomar asiento y hacerle una señal al mesero para que lo atendiera.
Maurice suspiró. Últimamente, lo hacía a menudo, sin interés, sin pretensiones. Carente de satisfacción.

Mientras duró su descanso lo estudió. Ni aun con esos zapatos finos, de taco macizo, superaba el metro ochenta de estatura. Negro era su cabello, como los residuos del carbón. Ojos color del tiempo, aunque de esto se percató después de apreciar su aura. Versátil, movediza, inquieta. Sucia. En perfecta contraposición con el aspecto tan pulcro y sereno que presentaba. También reconoció el nombre. Reynald Jones, Gran Maestre de la Gran Logia de Londres. Era un hombre importante, pero seguramente no lo suficiente como para cambiarle la vida.

-¿En qué puedo ayudarle? – preguntó Maurice, con desgano cargante, una vez que el mozo llenara los vasos.
-Yo venía a ayudarle a usted, pero puedo aceptarle la oferta.

La desconfianza ya no formaba parte de su vocabulario ni de su acción. Sencillamente, había dejado de provocar a la intención para creer.

Aun así, sonrió por severa costumbre.

-Si yo le doy… usted me da…
-Mírelo al revés y dígame si no tiene otro color.
-¿Azul?
-Gris. Al menos hasta que le cuente de qué se trata.

Canalla, pensó. El hombre era un perfecto canalla distinguido que disfrutaba del disimulo. Le gustó.

-Nicholai Breshkov, Guillermina De Bourbon. Los está buscando.

Directo. Sin vueltas. No hubo introducciones tediosas ni prólogos sarcásticos. El hombre podría haber jugado con su desgracia, relamerse en ella para obtener una ventaja; aparentaba ser de esos que lo hacían seguido, pero no lo hizo. A cambio debía buscar algo verdaderamente importante.

-Es verdad, pero posiblemente ya estén muertos.
-No lo están.
-Qué pena.
-Me gustaría su desinterés si tan solo fuera cierto.

Los había dejado de buscar hacía un mes, luego de comprobar que la desesperación existe y que es la peor enemiga de la paciencia. Tras un siglo junto a él, Guillermina, su mujer, el tesoro protegido bajo las siete llaves de su corazón, se había ganado un lugar a su lado, y dentro suyo, su seguridad, su amor. Su segundo y único amor hasta que en un fatídico día la realidad se le estrelló contra un espejo. Nicholai, su mejor amigo y hermano, su pura confianza, había aprovechado su ausencia para conquistarla, y conseguido el propósito, ambos habían escapado antes de su llegada, no sin antes arrebatarle las últimas posesiones de su imperio que ya no era.

-Si su demanda comprende solo una pista, no pierda su tiempo en vendérmela. No hay opción de que vuelva a comprar.

Reynald retiró su sobretodo hacia atrás, aun el frío que le acaecía esa acción en esta época del año. Maurice observó tales movimientos, especialmente los de las manos, que retiraron un papel de un pergamino doblado en cuatro; mismo que le fuera entregado.
Por desgracia, no pudo fingir la sensación que le produjo leerlo. Amargura. Terrible desazón que le quedó franqueada en la garganta.

-Siga leyendo y obtendrá el cincuenta por ciento de lo que necesita para concluir con su trabajo.

Bajo las formalidades plasmadas, figuraba el lugar y la fecha en donde aquellos dos habían firmado, haciendo efectiva la unión en matrimonio.

-Maldon, Essex, 11 de Agosto de 1790… - leyó Maurice bajo parsimonia controlada.

Acabó su cerveza y limpió sus labios con los dedos.

-Ahora dígame usted que es lo que necesita para completar el otro cincuenta por ciento.
-Algo de determinación.

El señor Jones se dispuso a confiarle su propia historia de vida. Sus logros y conquistas, con modestia. Sus fallas y fracasos, con sinceridad. Su pena actual, con oculta tristeza, como la cuentan los hombres. Su esposa, Caroline, había contraído la peste, por lo que su juventud se fue apagando y ahora, tanto a él como su hijo, solo les quedaba esperar.
Al finalizar, tan solo bastó una mirada y un gesto para que Maurice comprendiera el objeto de la propuesta. Escéptico como pocos, rió con garbo.

-No me malinterprete, no me jacto de su sino y menos del de su mujer. Sin embargo, no me convertiré en un verdugo solo porque usted no acepta los designios de la muerte.
-¿Usted los entiende?

Quinientos años y todavía no estaba conforme con las explicaciones encontradas.

-¿Usted los entenderá? – escuchó nuevamente.

Se preguntó a qué podría referirse, hasta que imaginó el después. El final de su búsqueda. Su propio mañana.

-Sólo dígame cómo puedo compensarle la información que ya me ha brindado y lo haré.
-Encontrémonos de nuevo cuando su búsqueda acabe y podremos efectivizar este acuerdo.

Por un instante, Maurice temió estar firmando un cheque en blanco, pero una vez más, no le importó. El hombre insistiría en que entorpezca el destino de su mujer, o quizás le pediría otra serie de imposibles. Como fuera, hoy en día el desánimo venía primero ante la supervivencia.

-Que así sea entonces. 

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