I
De La Palabra
Londres – Noviembre 1790
El lo vio acercarse, con paso definido, firme. Seguro. Tanto
que podría haber afirmado que se convertiría en su centro de atención. Pese a
esto, su prioridad fue la de levantar el vaso de cerveza y llevárselo a sus
labios.
El Patio del Gideon parecía ser un gran punto de encuentro
para la aristocracia de Londres y pocas eran las tardes tristes, desprovistas
del brillo de aquellos nuevos ilustres del Reformismo; pero hoy la lluvia
estorbaba cualquier ambición.
-¿Señor Maurice De Eysteinsson?
Lo sorprendió. Pocos conocían su verdadero apellido, sin
embargo, no quiso demostrarlo; estiró apenas el arco de su ceja izquierda
bajando la cerveza a la mesa.
-Quién.
-Reynald Jones. ¿Me permite sentarme?
Con probabilidad, el hombre lo dijo por cortesía, dado que
no esperó ningún tipo de respuesta antes de tomar asiento y hacerle una señal
al mesero para que lo atendiera.
Maurice suspiró. Últimamente, lo hacía a menudo, sin
interés, sin pretensiones. Carente de satisfacción.
Mientras duró su descanso lo estudió. Ni aun con esos
zapatos finos, de taco macizo, superaba el metro ochenta de estatura. Negro era
su cabello, como los residuos del carbón. Ojos color del tiempo, aunque de esto
se percató después de apreciar su aura. Versátil, movediza, inquieta. Sucia. En
perfecta contraposición con el aspecto tan pulcro y sereno que presentaba. También
reconoció el nombre. Reynald Jones, Gran Maestre de la Gran Logia de Londres.
Era un hombre importante, pero seguramente no lo suficiente como para cambiarle
la vida.
-¿En qué puedo ayudarle? – preguntó Maurice, con desgano
cargante, una vez que el mozo llenara los vasos.
-Yo venía a ayudarle a usted, pero puedo aceptarle la
oferta.
La desconfianza ya no formaba parte de su vocabulario ni de
su acción. Sencillamente, había dejado de provocar a la intención para creer.
Aun así, sonrió por severa costumbre.
-Si yo le doy… usted me da…
-Mírelo al revés y dígame si no tiene otro color.
-¿Azul?
-Gris. Al menos hasta que le cuente de qué se trata.
Canalla, pensó. El hombre era un perfecto canalla
distinguido que disfrutaba del disimulo. Le gustó.
-Nicholai Breshkov, Guillermina De Bourbon. Los está
buscando.
Directo. Sin vueltas. No hubo introducciones tediosas ni
prólogos sarcásticos. El hombre podría haber jugado con su desgracia, relamerse
en ella para obtener una ventaja; aparentaba ser de esos que lo hacían seguido,
pero no lo hizo. A cambio debía buscar algo verdaderamente importante.
-Es verdad, pero posiblemente ya estén muertos.
-No lo están.
-Qué pena.
-Me gustaría su desinterés si tan solo fuera cierto.
Los había dejado de buscar hacía un mes, luego de comprobar
que la desesperación existe y que es la peor enemiga de la paciencia. Tras un
siglo junto a él, Guillermina, su mujer, el tesoro protegido bajo las siete
llaves de su corazón, se había ganado un lugar a su lado, y dentro suyo, su
seguridad, su amor. Su segundo y único amor hasta que en un fatídico día la
realidad se le estrelló contra un espejo. Nicholai, su mejor amigo y hermano,
su pura confianza, había aprovechado su ausencia para conquistarla, y
conseguido el propósito, ambos habían escapado antes de su llegada, no sin
antes arrebatarle las últimas posesiones de su imperio que ya no era.
-Si su demanda comprende solo una pista, no pierda su tiempo
en vendérmela. No hay opción de que vuelva a comprar.
Reynald retiró su sobretodo hacia atrás, aun el frío que le
acaecía esa acción en esta época del año. Maurice observó tales movimientos,
especialmente los de las manos, que retiraron un papel de un pergamino doblado
en cuatro; mismo que le fuera entregado.
Por desgracia, no pudo fingir la sensación que le produjo
leerlo. Amargura. Terrible desazón que le quedó franqueada en la garganta.
-Siga leyendo y obtendrá el cincuenta por ciento de lo que
necesita para concluir con su trabajo.
Bajo las formalidades plasmadas, figuraba el lugar y la
fecha en donde aquellos dos habían firmado, haciendo efectiva la unión en
matrimonio.
-Maldon, Essex, 11 de Agosto de 1790… - leyó Maurice bajo
parsimonia controlada.
Acabó su cerveza y limpió sus labios con los dedos.
-Ahora dígame usted que es lo que necesita para completar el
otro cincuenta por ciento.
-Algo de determinación.
El señor Jones se dispuso a confiarle su propia historia de
vida. Sus logros y conquistas, con modestia. Sus fallas y fracasos, con
sinceridad. Su pena actual, con oculta tristeza, como la cuentan los hombres.
Su esposa, Caroline, había contraído la peste, por lo que su juventud se fue
apagando y ahora, tanto a él como su hijo, solo les quedaba esperar.
Al finalizar, tan solo bastó una mirada y un gesto para que
Maurice comprendiera el objeto de la propuesta. Escéptico como pocos, rió con
garbo.
-No me malinterprete, no me jacto de su sino y menos del de
su mujer. Sin embargo, no me convertiré en un verdugo solo porque usted no
acepta los designios de la muerte.
-¿Usted los entiende?
Quinientos años y todavía no estaba conforme con las
explicaciones encontradas.
-¿Usted los entenderá? – escuchó nuevamente.
Se preguntó a qué podría referirse, hasta que imaginó el
después. El final de su búsqueda. Su propio mañana.
-Sólo dígame cómo puedo compensarle la información que ya me
ha brindado y lo haré.
-Encontrémonos de nuevo cuando su búsqueda acabe y podremos
efectivizar este acuerdo.
Por un instante, Maurice temió estar firmando un cheque en
blanco, pero una vez más, no le importó. El hombre insistiría en que entorpezca
el destino de su mujer, o quizás le pediría otra serie de imposibles. Como
fuera, hoy en día el desánimo venía primero ante la supervivencia.
-Que así sea entonces.
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