VII
De Las Mentiras Adecuadas
Acabada la función, Nicholai presintió con advenimiento que
no se le haría sencillo abandonar el teatro tal y como lo abordó; la presencia
de Maurice danzaba cerca y en su búsqueda, por lo que no dudó en ir al frente
primero, caminando a través de los que ya partían hacia sus casas, contentos y
agradecidos por el espectáculo.
Lo halló pensativo, sentado en una de las mesas de vermouth
y jugando con un trozo de metal entre sus dedos. Era la mitad de un sello de
bronce; símbolo de su imperio devenido a cenizas.
Se acercó con cautela, tanteando torpe con sus pupilas los
posibles movimientos del superior. Temía que ocultara su espada legendaria
entre sus ropas y lo descuartizara sin previo aviso, o que le brindara una
maldición que absorbiera su energía y su alma. Maurice de Eysteinsson tenía una
fama malandrina a sus espaldas, y su arma preferida lo había acompañado en
todas sus batallas, en todas sus conquistas, no fallándole jamás.
Nicholai Breshkov era un manojo de nervios contenidos; sin
embargo, tosió con suavidad aclarando su voz y relajando sus músculos. Si
habría de matarlo, no sería aquí, se dijo tranquilizándose.
-Me preguntaba que hicisteis con la otra parte… - abrió Maurice,
sin prisas, mostrándole el sello. – ¿La habréis guardado o se quemó junto a los
restos de la ciudad?
-Tenemos que hablar. Hay cosas que debéis saber, señor mío.
-Oh, si… - y estiró su columna, invadiendo los ojos del
hechicero - …pero todavía no estoy seguro qué quiero saber primero. Por lo
pronto, toma asiento y deja de llamarme tu señor.
-Seguís siéndolo. – con falsa reverencia ratificó. – Te
creímos muerto; esas fueron las noticias que llegaron de los mensajeros.
Asimismo, no fueron las únicas. Al conocer vuestra suerte, los ejércitos
enemigos se replegaron, comenzando a marchar hacia Neredyl…
-Calla. – le manifestó, subiendo su mano displicentemente. –
Esos son los rumores que han llegado a mis oídos, pero nadie tuvo la certeza en
decirme quienes fueron los invasores. Una ciudad erigida en la magia y en la
hechicería, con protectores superiores, al auxilio de los dioses… que ha
permanecido esplendorosa por un siglo y ha caído en un solo día. Explícame eso,
Nicholai, porque no lo entiendo.
-Fue demasiada brujería para mí solo, Maurice. Sabéis bien
que yo no puedo convocar a las mismas fuerzas que vos podéis. No nos superaban
en número, pero sus destrezas… ¡tendrías que haber visto sus destrezas! Aquel
arte endemoniado manifestado desde las fauces del caos…
Maurice bostezó, en su cara y sin escrúpulos. Por muy
veraces que aparentaban ser los argumentos de Nicholai, el sabía que era apenas
una pequeña parte de la realidad.
Neredyl, como así la habían llamado, era una hermosa
fortaleza construida en uno de los tantos bosques secretos que moran el norte
de Francia. Allí, Nicholai, Maurice y su amada Guillermina, vivieron muchos
años entre placeres y riquezas, que aumentaban en tamaño y magnificencia por
cada ciudadela que conquistaban. Ajenos a las políticas del país y a los
vaivenes urbanos, aislados de los movimientos que comprometían a la mayor parte
de la sociedad humana, un ser superior, una vampira y un gran hechicero,
supieron llevar a la gloria de otros mundos los rumores del imperio.
No faltaron aquellos atrevidos que osaron en molestarlos con
sus armas insignificantes y sus escudos de colores; pero Neredyl tenía huestes
y mesnadas para combatir los impulsos de cualquier enemigo que se les opusiera.
Y así lo hicieron, hasta el día en que Maurice abandonó la ciudad, a fin de
mezclarse entre los deseos de los hombres y rechazar los designios de los
dioses, harto de los mismos.
-¿Caos? – replicó, con sorna. – A riesgos de insultar la
inteligencia que te engalana, tú no tienes idea de lo que el Caos representa, y
aun así la tuvieras, no hubieras sobrevivido a esa batalla de la que hablas. A menos
que seas su servidor. ¿Acaso lo eres?
Nicholai tragó saliva. Decenas de años atrás se había
separado de su familia, justamente por esa misma causa. El no se enriquecía al
ser un cordero del Caos; era sabido que cobraban intereses por cada favor ofrecido
y por lo pronto el hechicero no podía solventar aquel tipo de deuda. Sangre y
almas, tal vez… pero aun no estaba dispuesto a entregar las suyas.
-Sabéis que no.
-Podría justificarte. De ser así, habría en ti una razón que
avalara tu comportamiento. Convocar algún duque que te ayudara a vencer a esos
enemigos sin nombre y luego brindarle algo a cambio… sé que puedes hacerlo por
muy poca idea que tengas acerca de la realidad.
-Maurice, no pude defender Neredyl. Mis hombres estaban
muertos de miedo y de espanto ante esas bestias. Lucharon hasta el cansancio,
pero fueron vencidos.
-¿Tus hombres? Solían ser los míos. ¿Qué pasó con tu
posición de regente?
Breshkov no contestó.
-Es cierto. Estaba muerto y enterrado y ocupasteis el trono.
No importa, de todas formas iba a dártelo. Siempre te ha gustado más que a mí.
El gran brujo sintió una cólera repentina, cual no pudo
disimular y quedó impregnada en sus pupilas. ¿Maurice iba a ofrecerle el puesto
de Emperador? La mentira le dio más asco que la verdad y no creyó en sus
palabras, pensando que el superior solo lo decía para incrementar su
inestabilidad.
-Qué importa ahora, hermano. La ciudad está destruida y sé
que no has venido a reclamarme solo esto.
-En eso tienes razón.
-Escapé, – comenzó a contar – junto a ella y algunos más.
Nos asentamos en el sur, formando colonias, a donde luego llegaron los pocos
que habían logrado sobrevivir. Pasamos un tiempo, hasta que unas hordas saqueadoras
nos obligaron a alejarnos. Intranquilos, vagamos un poco más y nos establecimos
en Marne. Sabíamos que allí no podía sucedernos nada malo; una ciudad moderna,
con casas y edificios, con luces y carruajes…
-El mal siempre encuentra sus formas; se mimetiza, ¿recuerdas?
Me lo has enseñado tú.
-Pero yo lo olvidé. Una noche, escuché un grito proveniente
de la habitación contigua del tugurio que pudimos alquilar. Al entrar, dos
bestias enormes, con cascos y lanzas, tenían atrapada a Guillermina por sus
brazos. Enseguida se me vinieron a la mente varios hechizos para
contrarrestarlos, pero pusieron una daga en su cuello y limitaron mis acciones.
Tuve que dejarla ir con ellos, Maurice. No tuve opción.
Este se pasó la uña de su pulgar por los labios, prestando
atención a la catarata de excusas que afloraba por la boca de Nicholai. En su
interior, deseaba poder creerle; cada alegato, cada evidencia, cada expresión
que su rostro atormentado camuflaba con éxito las intenciones.
-¿Sabéis donde está? – le preguntó, bajando la mano y
apoyándola sobre su regazo.
-No. La sigo buscando, pero mi magia no parece ser muy útil
para hallarla.
-Ni tu magia ni tus hechos, aparentemente. ¿Qué haces aquí
entonces, divirtiéndote con espectáculos baratos y trucos tan viejos?
-Dinero, Maurice. Si necesito comprar libros y resúmenes y
pociones para poder hacer mis hechizos, también requiero dinero. Se quemaron
todos en la caída de Neredyl; no pude salvar ninguno de mis tomos.
-¿Y tu memoria se ha quemado también? Oh… sé que no
necesitas nada de ello para localizarla. Tú encuéntrala y yo iré a salvarla. ¿O
hay algo que te lo impida?
La autenticidad de su testimonio. Nicholai no había sido muy
franco con su historia y no dudaba de que Maurice pudiera intuirlo. No
obstante, decidió aferrarse a ella hasta las últimas consecuencias, y luego
rogar a sus propios dioses para que le alcancen suerte y armar un plan. Por
tanto, negó con su cabeza ante la mirada inquisitoria del superior, quien
apurando unas monedas bajo el vaso se levantó.
-Os pido que me otorguéis clemencia, mi señor. No supe
cumplir ninguno de vuestros dos encargos.
Otra mentira. Había cuidado de Neredyl como si fuera suya,
tal cual Maurice se lo emplazó. Designándose emperador, la manejó a su antojo,
conduciéndola finalmente a una guerra sin revancha. Igualmente lo hizo con
Guillermina, atrayéndola hacia él y convirtiéndola en su esposa,
despojándosela. Efectivamente, Nicholai no había fallado en su misión; muy por
el contrario, la tomó muy en serio.
-Volveré en un mes y tendrás la oportunidad de resarcirte.
Mientras, haz lo que te exijo y serán mis dioses los que te ayuden de
encontrarte en peligro.
Arregló su capa y su sombrero, tomando con sus manos un
artefacto parecido a un bastón. El hechicero lo observó con recelo, suponiendo
que el mismo servía para ocultar su espada. Podía quitárselo ahí mismo y usarla
contra él; si las leyendas eran ciertas, aquel filo se constituía en el único
medio de acabar con la existencia de Maurice De Eysteinsson, pero de ser
falsas…
Resistiendo la dulce tentación, extendió su mano hacia él,
esperando que su saludo le fuera devuelto, cuando se vio abrasado por un cálido
beso en su mejilla.
-¿Puedo confiar en vos, hermano? – escuchó en su oído, y la
entonación usada por el superior le heló hasta el último de sus huesos.
-Sí. – firme respondió.
-No me falléis, es lo único que realmente os pido.
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