VI
De Las Trampas Engañosas
Despojados de introducción alguna, las fétidas sonrisas se
desvanecieron en el aire, sujetas al compás de la pequeña orquesta que galardonaba
el misterio. Maurice inclinó su cabeza hacia abajo, en gesto galante y de
enjuta cortesía, que fue tomado por Nicholai como un despropósito muy natural
del superior: “saluda a tu enemigo como si fueras su máximo deudor y entonces
su perspectiva fluctuará al querer cobrarte el compromiso”, el hechicero se
acordaba de cada una de sus lecciones y sus enseñanzas. Acusó un esmirriado
torcer de sus labios y dirigió su mirada al público presente.
-El caballero me ayudará a mostrarles lo que se oculta bajo
la tela. – ferviente les dijo.
Parecía ser un objeto, de un metro y medio de alto, que se
encontraba tapado bajo un trozo de seda roja. Nicholai le pidió a Maurice que
lo destapara, y este lo hizo, revelando un espejo de bella contextura. Límpido
y de buen cristal, estaba enmarcado por ribetes de oro y plata, que destellaban
por encima de las luces del escenario.
-Si fuera tan amable – continuó hacia Maurice – ¿podría
rotarlo hacia nuestros invitados?
-Como no… - y se encogió de hombros detentando un tono de
voz sardónica - …pero recuerde que yo soy uno de ellos también, no sea cosa que
nos piensen confabulados…
Breshkov rió, alentando a los presentes a hacerlo también,
festejando la broma de, quien estaba seguro, se convertiría en su oponente en
poco tiempo más. Lo esperaba con ansias; en alguna parte de sí mismo aguardaba
el enfrentamiento. No obstante, su conocimiento sobre Maurice le hacía intuir
que no le regalaría el encuentro. Lo haría desear, como un perro atado a su
cucha, que puede oler el hueso pero no darle caza.
Al dar vuelta el espejo, pudo notar que no guardaba ningún
secreto ni puertas disimuladas a la vista de la gente común. El superior supuso
que a Nicholai se le estaba agotando el ingenio; el truco era más viejo que las
Ciudades Púrpuras y bastaba con un poco de magia básica para cumplir el
objetivo.
El mismo se arrojó a continuación. Nicholai prometió
traspasar por el cristal a su ayudante ocasional y asimismo regresarlo pasados
unos minutos. También agregó, a fin de hacer más interesante la propuesta, que
el lugar donde permanecería el desgraciado, durante el tiempo que durara la
diversión, se trataba del ardiente averno y que el eje entre el espejo y el
teatro era un pasaje a otra dimensión.
Con su público cautivado y algo nervioso ante la novedad, se
dispuso a dar rienda suelta a su espectáculo. Cerró sus ojos y elevó sus manos
hacia el objeto de fascinación. Luego comenzó a recitar unas palabras, que
carecían de sentido para todos, salvo para Maurice. Eran los versos de un
ritual no muy antiguo, pero sí muy efectivo, que brindarían lo necesario para
crear la proferida ilusión.
No abriría pasajes ni condenaría almas al infierno; cuando
el espejo empezó a sonar y a vibrar, cambiando apenas su forma, la excitación
del auditorio sobrepasó la euforia y Maurice hizo lo suyo adentrándose por el
supuesto portal.
Podía ser una trampa. Quizás, la mejor de todas ellas, pero
al hallarse en una habitación oscura, de madera y provista de muebles
sencillos, Maurice supo que no había de qué preocuparse por ahora. Estaba en el
sótano, y en cualquier momento se abriría la portilla que lo llamaría a
presentarse, recibiendo Nicholai finalmente los aplausos merecidos.
-¿Y si le arruino el truco? – pensó, con malicia sofisticada
y divertida. Sonrió resignado, sentándose sobre un bulto lleno de polvo y
polillas. – Oh, hermano, eres tan predecible como yo.
De pronto y tras ello, salió de sus labios un sonido casi
inaudible, cargado de una profunda perturbación y hesitación. Una lánguida
efigie, poco clara al principio y muy familiar después, se le acercó errante,
manteniéndose una distancia prudencial.
-¡Ayúdame, Maurice! Me ha tomado prisionera. ¡Ayúdame!
-¿Guillermina?
Al final, se sintió como en el mismísimo infierno una vez
que se hubo precipitado hacia la imagen y esta se evaporó, dejando tras sí el
aroma de su perfume.
-Maldito seas, Nicholai… ¡maldito seas! – gruñó apretando
sus dientes y sus puños, al instante en que una luz proveniente desde el techo
convocó su ascenso.
Tranquilizó sus deseos contradictorios de liquidarlo. Una de
sus razones era que no se vería bien ese delito ante el Príncipe, y no solo
comenzaría a ser buscado por magos sino también por políticos, pero la más
importante partía de la base que sin el hechicero no sabría por donde buscar a
su amada.
Una lógica pura y maligna, que le obligó a sonreír al
presentarse nuevamente en el escenario.
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