VIII
Del Honor Reconocido
Sur de Francia – Enero 1791
Cansado y a punto de desfallecer, Maurice sostenía las
riendas de un palafrén tan vencido como él. Hacía días que no dormía ni le daba
tregua al animal, quien por puro afecto soportaba todavía a su jinete.
Atravesadas las colinas, creyó notar su alma abandonar el cuerpo y que pronto
moriría allí, sin nadie para auxiliarlo.
Presa repentina de un sentimiento extrañado, rechazó la idea
de perecer en soledad; horrible forma de renunciar al mundo, destinada a los
traidores y asesinos. Sacó fuerzas desde algún lado indefinido y se adentró en
el bosque tupido, de colores ocres y verdosos, que seguramente lo esperaba con
sus trampas preparadas impidiéndole escapar.
-Sigue así, Algaraz… – le dijo a su caballo, dándole unas
palmaditas en el lomo. – Te prometo que si lo logramos descansarás sobre la
mejor paja y beberás del mejor agua.
Le hubiera gustado que este le respondiera, así le recordaba
lo estúpido que fue al creer que sacaría algo a favor de esta agotadora
peregrinación. Se había embarcado en ella con el fin de encontrar a las
colonias Neredylenses de las que Nicholai le habló, pero tras el correr de los
días, lo poco que había hallado fueron unos ladronzuelos comunes de los caminos
y algún que otro viejo desorientado, que no pudieron darle alguna pista acerca
de su búsqueda.
De hecho, la palabra Neredylenses
no existía para el común de los hombres. Cualquier mapa de Francia no hubiera
servido para ubicar a las ruinas del viejo imperio, y menos aun podría hacerlo
con sus restos, esparcidos por el sur del país. A Maurice no le quedaba opción,
más que la de hostigar a sus instintos y guiarse por su olfato fino para
reconocer a sus camaradas, de seguir estos existiendo.
Continuó un poco más, agachándose de tanto en tanto,
evitando así las ramas más bajas de los arboles. Estos parecían susurrarle,
atrayéndolo más y más hacia los claros secretos del bosque y a los peligros que
pudieran contener. A pesar de la desconfianza que su animal demostraba por cada
paso que daban, no detuvo su marcha, pero tuvo que aminorarla al escuchar un
ruido de hojas en dirección norte.
Despacio desmontó, llevando una mano a la empuñadura de la
espada a su costado. Sigiloso y alerta, avanzó en silencio, concentrándose en
las sombras que, poco a poco, parecieron rodearlo. Desenfundó y atacó una vez,
y así una más también, pero su filo escindió el aire vacio. No parecía haber
nadie allí, más que Maurice y su corcel.
-¡Quienes seáis, aparezcan ya! – gritó, pero no obtuvo
respuesta. Lo hizo de nuevo, amenazando con hacer uso de sus dones si no se
presentaban inmediatamente ante él.
El asunto comenzaba a inquietarlo. Podía tratarse de su
imaginación fatigada y por lo tanto, aquellas sombras danzarinas solo fueran
una bandada de pájaros perdida. También pensaba en algún producto de la magia,
y de ser así, no se encontraba capacitado para vencerla. Débil y hambriento, se
arrepintió de no haber traído consigo algunas hierbas, para mejorar su estado
de ánimo.
Sin embargo, su peor temor residía en que Nicholai lo
hubiera seguido, y, adivinado sus propósitos, le hubiera mandado una invocación
de las suyas obstruyéndole su empresa.
Azaroso, dejó de especular y alzó de nuevo su espada,
dejando a los últimos rayos del sol embeberla, resaltando así su pálido color
plata.
-¡Os demando vuestros rostros y nombres! – bramó por última
vez, con todas sus fuerzas.
Entonces, una silueta se dibujó y caminó a través de las
ramas, que parecían estar dispuestas para ocultar algo importante detrás. Era
un muchacho, de no más de quince años, quien con su lanza en alto y algo
nervioso profesó:
-Soy Pikayard de la Última Colonia de Neredyl. Reclamo el
mismo derecho al decidme quien sois vos, forastero.
Maurice retiró hacia atrás su albornoz, manifestando una
amable sonrisa.
-Soy Maurice De Eysteinsson, tu Emperador.
Con la paz de sentirse en casa, cayó de rodillas en la
hierba, donde la consciencia perdió.
****
Las estrellas comenzaban a brillar en el cielo de un atardecer despejado,
prometiendo una noche clara sin amenazas de tormentas, y los últimos
comerciantes del pueblo sentían el deber de retrasar sus transacciones para
propagar el rumor. Alguien nuevo había llegado a la aldea, y si bien al
principio se había ocultado toda referencia del peregrino, nada pudo hacerse en
cuanto los guardias de la Ultima Colonia de Neredyl lo transportaron en una
camilla hacia una tienda.
Revolucionados y curiosos, los habitantes se encontraron
expectantes afuera de la misma, hasta que el señor de la ciudad apareció ante
ellos y les pidió que conservaran la calma y redujeran el chisme ocasionado por
la novedad. Dejando la turba conglomerada tras sus pasos, entró en la tienda
comprobando con sus propios ojos que tal rumor era cierto.
Despacio, zarandeó apenas el hombro del que descansaba
inconsciente, quien poco a poco fue recobrando el sentido hasta levantar por
completo sus párpados.
-Tengo dos preguntas para haceros, mi señor. La primera es
cómo llegasteis hasta nosotros, y la segunda es… ¿cuándo dejasteis de estar
muerto?
-Tal vez habéis perdido la ciudad, pero no habéis perdido el
sentido del humor, Desmond. – y aun sin vigor, Maurice abrazó al dueño de
aquellas preguntas, que tan feliz le hacía volver a verlo.
Una hora después, Maurice se encontraba con sus fuerzas
renovadas. Alojado en una casa hecha de barro y hojarasca, había podido
alimentarse y lavar la suciedad de sus ropas. Algaraz, su corcel, que
descansaba afuera sobre la yesca, advirtió una sombra extraña acercándose y
enseguida alertó a su amo dando un relincho.
-Es un buen animal. – le dijo Desmond de Sylfrag a Maurice,
quien lo invitaba a pasar.
-Increíble que aun me quiera; lo hice sufrir mucho estos
días… pero ponte cómodo; como en tu casa… - ironizó.
Maurice aprovechó el silencio entre ambos para poner unas
hierbas al fuego y preparar un té. A su vez, en su camarada giraba el
desconcierto, temeroso de decir lo que era su deber. El superior lo sintió
dubitativo, por lo que al poner las tazas sobre una mesa vieja y desvencijada
por el tiempo, hizo uso de su más bonita facultad, siendo esta el habla.
-Dados los años de lealtad que me habéis tenido, necesito
que seáis sincero y echadme en cara mi falta. He abandonado Neredyl en manos de
Nicholai, que por lo visto no ha hecho ningún bien. Sin embargo, han sabido
sobreponerse y se encuentran aquí, ocultos del mundo y de sus avances. Sois sin
duda un buen señor para ellos.
-No fue fácil, Maurice. A tu partida supe que el imperio
comenzaría su decadencia. Nicholai hizo lo que quiso, portándose como un
chiquillo irrespetuoso a vuestras normas y conductas, atrayendo el mal a la
ciudad.
-¿Que ha pasado? ¿Por qué la obra de un siglo ha caído en
solo un día? – preguntó, con una astilla de dolor en su interior.
-Nos tomó por sorpresa, desprevenidos y desarmados. Cuando
nos quisimos dar cuenta, teníamos tres hordas diferentes de demonios derribando
las murallas y una tormenta de fuego sobre nuestras cabezas.
-¿Quién se ha atrevido?
-No sabría deciros con exactitud, pero sin dudas debió haber
sido un líder poderoso.
Maurice alzó sus cejas, sorprendido. Haciendo memoria, el
único con la capacidad de enfrentarlo a su nivel debía estar yaciendo dos
metros bajo tierra. Había una estirpe parecida a lo que él era, o creía ser, y
un solo hombre entre ellos con la hegemonía necesaria como para comandar un
ejército en su contra.
Otra historia de venganzas, y esta parecía ser la
indicada.
-Sabemos que hizo tratos con él, y luego no supo como
manejarlos… - Desmond agregó, ya que más no conocía.
-Nicholai no deja de asombrarme.
Por lo visto, de Nicholai Breshkov podía esperarse cualquier
cosa, pero con esto había exagerado en demasía. ¿Qué habría buscado con él?
¿Qué podría haberle este ofrecido?
-Nicholai intentó pedir ayuda a los duques del Caos y estos
se la negaron. Un poco más tarde, cuando ya no quedaba nada por hacer, lo vimos
escapar con tu mujer por la colina, desesperado.
La ira y la impotencia, reflejadas con esmero en la voz de
Desmond, hicieron surgir en Maurice los deseos de una represalia. Ya no la
ejecutaría solo por razones personales; ahora tenía más de un honor que
resarcir y más sangre que limpiar ante la impudicia derramada; solo después de
su misión, las almas de aquellos héroes podrían obtener la paz.
-¿Qué sucedió después?
-Más cobardía. Cuando pudimos asentarnos en el sur, Nicholai
reapareció pidiéndonos un lugar para ocultarse. Y nosotros que no aprendemos a
decir que no, se lo dimos.
Maurice sonrió reconociéndose culpable de tal ideología.
Neredyl era el reino de la segunda oportunidad, donde el emperador medía las
virtudes por encima de los defectos y aceptaba la permanencia.
-No me digáis más nada; volvió a escapar.
-En efecto. Ante la primera invasión, desapareció sin dejar
rastros.
-¿Y quienes los irrumpieron esta vez?
-Unos feudos que todavía se creían en la Era Oscura. Nada de
mucha gravedad, pero nos obligaron a levantar nuestras pertenencias y a
marcharnos de allí.
El superior sopesó que no podrían continuar la descendencia
de la antigua Neredyl con esa forma de vida tan nómade.
-Dime, Desmond, buen amigo, ¿has considerado mudarte a las
grandes ciudades? Están Paris, Marne… ¡Londres incluso!
-¿Y qué haríamos allí? ¿Acoplarnos a la vida en sociedad y
caminar entre la humanidad, arrastrando la desidia del día a día? ¡Nos
moriríamos antes de imaginarlo! No podemos urbanizarnos, relegarnos al paso del
tiempo… tú lo sabes bien.
-La Ultima Colonia morirá de todas formas y eso también lo
sabes tú. Entiendo que quieras darle a tu gente la esperanza de este virgen
habitáculo, pero no sobrevivirán mucho más.
-¡Estáis hablando de la gente que es vuestra, mi señor! – Desmond
de Sylfrag, embraveció por un instante. Luego retornó la calma a sus facciones,
rodando sus dedos arrugados sobre la mesa. – Todo con vos es imposible cuando
os encabritáis.
-¿Quién se encabrita más que quién? En eso debemos ser dos
seres cortados por la misma tijera. – le sonrió. – He visto caravanas ancladas
en la periferia… ¿hacia dónde partís ahora?
El semblante entristeció en el viejo morador de Neredyl, que
por un momento lo dudó. Maurice lo creería aun más loco de lo que ya lo suponía
y lo único que lograría sería una negativa de su parte. Aun así, debía darle
una respuesta.
-Será la última vez que marchemos juntos. Dicen que hay una
pequeña ciudad dorada, más allá de los confines del Universo, en donde se
encuentra la paz. En donde los temores se desvanecen y le encuentras un sentido
a la existencia. Una última utopía. Dymis Twon nos ha vaticinado que una de las
puertas que llegan allí se podría hallar a solo unos días de nuestra aldea.
-Estáis mas demente de lo que pensé. ¿Los conducirás al
fruto de una leyenda? ¿A los versos de una canción para niños?
-Debemos intentarlo. Hacer perdurar nuestra gloria y hasta
quien sabe, tal vez construir otra Neredyl allí.
-Esa ciudad no existe, y aun así lo hiciera, estamos
hablando de otro mundo. Quién sabe la cantidad de peligros que podríais
encontraros en el camino, qué clase de magia manipulan y cuáles son las fuerzas
que la rigen… Dymis podrá ver cosas, pero creo que solo ganareis vuestra muerte
en tal emprendimiento.
-Partiremos por la mañana.
Visto y considerando que no lograría disuadirlo, Maurice
levantó las tazas llevándolas hasta el improvisado fregadero.
-¿Qué haréis vos? – Desmond le preguntó.
-Vengaros. Le he prometido a Nicholai que regresaba en un
mes y ya han pasado dos semanas…
-Sabéis bien que os está engañando.
-Lo sé, pero… ¿qué puedo hacer? Ante ello, vuestro plan de
alcanzar la Ciudad Espiral suena más lógico que el mío, y a pesar de no tener
uno siquiera.
-¿La Ciudad Espiral? ¿Acaso ese es su nombre?
El superior frunció el ceño y buscó apenas una razón para lo
dicho.
-Debe ser algún recuerdo de mi infancia, porque se me vino
de pronto. También he oído esas canciones alusivas; solían tararearlas los
hechiceros de Fontainebleau y algún que otro juglar… - negó bajo un gesto de su
cabeza. – No me hagáis caso. Es un desvarío.
-Desvarío o no, es un lindo nombre. Le diremos así hasta
llegar.
-Suerte con ello, amigo mío.
-Os deseo la mayor para vos, pero no os irás de aquí sin lo
que habéis venido a buscar.
Desmond abandonó la estancia por un momento y al volver,
cargaba en sus manos un lienzo enrollado, de un metro y medio de largo, que
depositó en los brazos de Maurice como si se tratara de un niño pequeño. Al
retirar la tela, este observó con fascinación de infante lo que guardaba. Su
gran espada de acero azul e inscripciones negras, cual vibró ronroneando al
asirla por la empuñadura.
-La has cuidado muy bien. – dijo, sonriendo.
-Aun no entiendo porqué la dejasteis en mi custodia.
-Esta espada no está hecha para combatir contra humanos.
Sería un error herirlos con ella; pues otra leyenda cuenta que les quita la
energía y ennegrece sus espíritus, pero también me provee de un brío maligno en
la matanza, que no creo necesitar. Las almas de los hombres tienen derecho al
juicio divino y yo no soy quien para otorgárselos.
-Eres un ser de buen corazón, Maurice. ¿Por qué no olvidas
todo esto y te vienes con nosotros? Nos podrías conducir, como en los viejos
tiempos, siempre a la victoria.
La tentación formó, por un instante, un hueco en su corazón,
pero sobre todo en su memoria. Guiarlos en una aventura, si bien infructífera
para la lógica, le enorgullecía el espíritu. La duda se reveló en sus pupilas y
evocó un suspiro; necesitaba cumplir el destino que él mismo se había
autoimpuesto y desviarse del camino le suponía un mal sabor.
-Esta vez no es mi destino acompañaros. Desmond de Sylfrag,
haz honor a tus tierras y encuentra esa ciudad por mí.
Ajustó la espada con la vaina en su costado. Se calzó las
botas y salió a la intemperie en busca de su palafrén, quien relinchó contento
por verlo buscar la montura para calzarla sobre su lomo después. Solo le tomó
un par de segundos subirse, y otro par – que duraron un poco más – tardó en
despedirse de su amigo, aquel noble fuerte aun su edad avanzada, que no dudó en
defender Neredyl hasta el final.
Por el camino de regreso, reflexionó acerca del destino y
del porqué parecía que siempre terminaba involucrado en uno mayor. También
pensó en Desmond y en sus sueños de alcanzar aquella ciudadela dorada de los
cuentos. ¿La encontraría? El viejo era tan terco que quizás lo lograba.
Tampoco se olvidó de su odio hacia Nicholai, que después de
la visita a la Ultima Colonia de Neredyl, se incrementó con firmeza, por lo que
había decidido no soltar esa avaricia al viento. La utilizaría para vengarse,
para poder elaborar un mejor plan, que salvara a Guillermina de sus caóticos
designios y así juntos por fin quién lo sabría, tal vez perseguir esa caravana
hacia la mítica Ciudad Espiral.
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