III
De La Oportunidad
La luz del sol no lastimaba sus ojos. Por el contrario, le
gustaba, le sentaba como la seda a la piel. Esta mañana no fue la excepción,
encontrando al despertar la silueta de aquella mujer, la de anoche, la que le
había dejado una intriga, y si bien usaba otro vestido, esto no se lo resolvía.
-Buenos días, señor. Aquí le dejo sus huevos.
-Gracias, pero se los cambio por el café.
Se desperezó con lentitud, casi tranquilo, sacudiendo su
camisa de los restos de paja.
-Hay un pequeño río cerca. Puede bañarse allí si lo desea.
-No es necesario.
Le sonrió apenas. Maurice sabía que ella podría notarlo aun
estando ciega.
-¿Los está buscando?
-¿A quiénes? – respondió neutral.
-A los magos. Ha formulado muchas preguntas para ser solo un
hombre de paso.
-Me causaron curiosidad. ¿Nunca le ha sucedido?
-A mi edad ya he dejado de cuestionarme lo que no entiendo.
-Déjeme esa tarea a mí para entonces preguntarle qué es lo
que sabe sobre ellos.
-Son solo dos. Pasaron por aquí. Durmieron una noche. El es
más reservado que ella; parecen amables de todos modos… pero no son franceses,
ninguno de ambos. En cambio, usted sí lo es.
-¿Tanto se me nota? – y rió suave.
-Unas leves notas en el fondo de su voz lo delatan. No
debería ocultarlo, que el fanatismo patriótico es para los ignorantes.
-Y me lo dice una irlandesa…
Tal como había arreglado ayer, el cochero lo esperaba en la
puerta del hostal. Maurice caminó hasta el carruaje con el mismo ritmo cansado
de estos últimos días, pero con una nueva actitud.
-Iremos a Harwich.
Las riendas pegaron sobre el lomo de los animales y las
ruedas comenzaron a moverse.
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