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De Alguna Verdad al Descubierto
Otra era la luna que en su alma podía divisarse. Una
lacónica; teñida de sangre, según él, quien no podía dejar de dar vueltas en su
cama, tumbándose en círculos inexplicables ante la irresolución. Acostumbrado a
la mala soledad, aunque a la buena voluntad de sus sentidos, súbito fue el
encuentro de su mano al asir por sorpresa a una igual desprevenida que vagaba
por su frente. La niña con labios granate y cabello de café, se retrajo
temerosa ante el fulgor que emanaban las pupilas de Maurice, provista ella de
vergüenza en su expresión.
-Perdón mi señor, pero os he notado sudor. ¿Tenéis fiebre?
Extraña a sus oídos entonces esa voz sonó. ¿Cuándo es que
había perdido la pequeña el idioma callejero?
-Poco probable. – el respondió, apoyando sus pies desnudos
sobre las tablas del suelo. – Solo son sueños malvados.
-Me alegro de que así solo sea.
Elizabeth tomó asiento en su cama de paja y sábanas limpias.
La monjita del convento les había permitido pasar la noche allí, ante el
vendaval y la tormenta que nunca amainó.
-Señor… yo os he entendido cuando ha dicho sin beneplácitos,
pero… no tengo otra forma de pagaros su buena voluntad.
-No me parece una forma muy correcta.
-Está en mi deuda y en mi haber. Por favor, permítame
gratificarlo.
-Si sientes que será una carga para vuestra consciencia y
una falta a tu corazón, pues está bien. Solo… déjame haceros una pregunta. ¿Has
conocido hombre anteriormente?
-Sí, señor.
Entonces al aposento la invitó a que destellara su habilidad
por necesidad. Fingiendo madurez, la joven ejercía de mujer sobre la figura de
Maurice, intentando suplir satisfacciones con acciones. No obstante, y muy
lejos de sentirlo un deseo, él no rehusó de vigilar todos y cada uno de
aquellos sutiles movimientos en pos de hallar el que estaba buscando. Y una vez
encontrado, fueron sus manos las que atajaron las de Elizabeth antes de que
éstas se hundieran en su pecho portando un puñal.
La redujo enseguida contra el suelo, llevando sus brazos
hacia atrás.
-¿Cuánto te pagará? – le preguntó sin dudar.
Ella emitió un seco quejido.
-Puedo quebrártelos antes de que te des cuenta de que alguna
vez exististe, pero te estoy otorgando una oportunidad. ¿Cuánto te pagará?
-Cien… - respiraba con dificultad - …cien monedas.
-¡¿Cien monedas?! Y pensar que no se le caía un penique… - dijo
sardónico. – Ahora mismo eres más rica que yo.
Acto seguido, tanteó el colchón alcanzando la daga. Solo le
bastó inspirar profundamente cerca de la misma para saberlo.
-Pero no te envió a matarme. La punta contiene savia de
Mandrágora. Es una planta narcótica, que produce delirios y grandes
alucinaciones. – explicó. – Ultimamente, lo mejor y más barato del mercado.
Entonces, dime Elizabeth, si es que ese es tu nombre, ¿cuál es su plan?
-No lo sé… - gimoteó.
-Sí lo sabes. – estiró de sus muñecas hasta antes del grito.
– ¿Tú querías honrar mi buena voluntad? ¡Aquí tienes una forma mejor!
-Su… espada. Quiere que le lleve su espada.
Maurice aflojó la presión. Ella se llevó las manos al
frente, comprobando el daño y manteniendo sus ojos cerrados soltó una
exhalación.
-¿Eso era todo? ¿Tanto lío por una espadita? Pero mujer, ¡me
la hubieras pedido y nos ahorrábamos la vergüenza!
La joven lo observó sin comprenderlo, observando los
movimientos del superior con sus pupilas por toda la habitación.
-Toma. Llévasela.
-No… - y asimismo negó con su cabeza. – Es una trampa. Me
matará en cuanto me vaya…
-Probablemente lo haga él si no llegas con esto. Y tenme fe
cuando te digo que jamás creerá que te la di. Tu trabajo será justo y recompensado
y nadie sabrá la verdad.
Dubitativa, y aun sospechosa, torció sus labios en una símil
muestra de agradecimiento. También movió apenas su cabeza, hacia arriba y
abajo, antes de marcharse como si los diablos la persiguieran para devorar su
el alma. Maurice, luego de apreciar los últimos vestigios de la estela de la
huida, se dejó caer sobre el colchón.
El puñal, echado al suelo como el fin de un producto
maldecido, resplandeció por un lánguido momento bajo la débil luz de luna
filtrándose por la ventana. Entonces los ojos del superior absorbieron el
reflejo e inmediatamente supo, haya sido por hipnosis o verdad, cuál sería el nuevo
sendero a tomar.
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