V
De La Desilusión
Y Maurice lo escuchó declararse cortés y ceremonial ante la
presencia del príncipe. Apreció sus reverencias tan falsarias como oportunas, y
una vez que hubiera acudido el silencio a aquel recinto, supo que comenzaría el
verdadero espectáculo.
Si el alma de su adversario era hechicera como decía – y
como así lo hubiere demostrado en más de una ocasión – tendría que haberlo
sentido, percibido como uno más dentro del salón. Pese a la sapiencia, todavía
no hubo acuse de encuentro, ni miradas sorpresivas, ni refulges de desdén.
Maurice aguardaba al pedido de Nicholai, ese del que tantas veces había
participado anteriormente. Fingiendo elegir una persona entre el público, su
hoy enemigo lo solía señalar en otras épocas para que lo acompañara y lo
auxiliara con su truco; porque era eso, nada más que un truco practicado en
cierne, algo fácil y de próximo crepúsculo ante los tiempos venideros. No
obstante, en Maurice se batía una esperanza mayor, cual quedó truncada y
esparcida bajo las luces ya tenues de la estancia. Un hálito de rabia
apresurada recorrió sus ojos y, por un momento, sintió que debía atravesar el
espacio de un salto para despojar de un solo movimiento la vida de quien, a su
juicio, ya no la merecía. La mujer que presentaba como su ayudante ni siquiera
se le parecía; ni las pupilas del otoño ni el aroma a café que desprendían los
cabellos de su amada guardaban alguna relación con los de esa mujer.
De inmediato, un gran cúmulo de dudas se adueñó de su mente
y de su corazón. ¿Y si hubieran sido mentira las imágenes de aquel espejo? ¿Y
si nada de verdad guardaban las palabras del Oráculo, de quien, sus consejos lo
habían desterrado de la guerra y sus creencias?
¿O qué tal si quizás era otra partida de los Dioses
Superiores, y Nicholai y Maurice se habían convertido en sus marionetas de una
nueva conspiración? ¿Guillermina sería otra víctima de aquel juego? ¿De los
Dioses o del mismo Nicholai? ¿Lo habría realmente traicionado o él la había
obligado a hacerlo?
Como buen descendiente de guerreros, despejó su cabeza de
aquellas terribles incertidumbres y se preparó para descubrirlo. En cuanto
Breshkov pidió colaboración entre los contertulios de la noche, Maurice alzó su
mano, como uno más, separándose apenas de su asiento.
Entonces ocurrieron las sorpresas y los fulgores. Nicholai
no tardó en ubicarlo, sintiendo una punzada en su estómago y un repentino
malestar general, del que tuvo que sobreponerse por pura necesidad. Nicholai lo
creía muerto, y ahora Maurice estaba allí, casi de pie, esperando su invitación
al escenario.
Dubitativo, lo recordó y eligió la mejor opción. Sabía que
hasta podría acarrearle un beneficio a la función y quedar como el mejor de los
magos actuales a la vista del Príncipe. Su sabiduría sobre Maurice de
Eysteinsson era tan vasta y tan amplia, como para concluir en que éste no
incurriría en ningún movimiento maligno hacia su persona. En el fondo, lo creía
débil, falto de arrojo y de osadía, tanto para gobernar un imperio como para
ponerle fin a su vida.
El Imperio, del que tantas veces se soñó al frente y el que
no pudo tener, gracias a la vil desdicha de la fidelidad. Ese imperio que debió
haber sido suyo, pero que al poco tiempo de la partida de Maurice hacia las
recientes revoluciones en Francia, supo que no iba a serle fácil conquistarlo.
Empresa espinosa, por la lealtad que los súbditos, amigos, lugartenientes y
servidores de Maurice aun le mantenían por más que éste ya no estuviera.
Nicholai habría actuado como regente, pero no era el Emperador.
Contrariamente a hoy, en ese entonces no tuvo opción.
Limitado de poder y presionado por las políticas en sus planes de liderazgo,
decidió entre las mejores la peor estrategia, y prontamente el castillo – tanto
como el imperio – se abrigaron por las llamas de la decadencia.
De ello solo quedaban cenizas que flotaban en el viento,
denso y austero, que a veces, en forma de escalofrío lo tomaban desprevenido.
Así y al igual, mientras Maurice caminaba por el pasillo alfombrado en carmesí
y su capa le otorgaba el porte señorial del que, aunque muchas veces ha
querido, nunca había podido desprenderse.
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