II
De La Senda Indicada
El cochero tiró de las cuerdas, deteniendo a sus caballos a
pocos metros de la entrada. Bajó sobre el barro de un sendero de tierra y abrió
las puertillas el carruaje, del que descendió Maurice confiriéndole una buena
propina.
-Ya puede volver a su casa. Por el día de hoy, no haremos
mas paradas.
-Gracias, señor.
El relincho marcó la despedida y la soledad momentánea con
la que el paraje se cubrió. La noche estaba próxima, a pocos minutos del
atardecer más calmo que hubiera vivido en los últimos meses, entonces esperó a
que el sol fuera tragado por la línea del horizonte, antes de pasar por la
única puerta de madera de aquella calleja.
Nada especial. Ningún aroma extraño, ningún recuerdo
espontáneo. Era un sencillo hostal de ruta, rústico y empobrecido, en el que
probablemente descansaban otros hombres como él, con la necesidad de continuar
el camino al otro día.
No hay vacantes. – leyó para sí de un cartel que lo
anunciaba en el mostrador vacío. De todos modos, tocó la campanilla.
Una mujer apareció, con un vestido viejo y manchado, su pelo
recogido y un pañuelo tapando sus ojos.
-Ya no tenemos habitaciones, señor.
-¿Cómo sabe que lo soy?
-El instinto es un buen amigo de la ceguera.
-Y de la obviedad. No muchas serán las damas que lleguen
hasta aquí.
-Ni tampoco hombres como usted. ¿Qué es de un noble sin
compañía por estas tierras?
De repente, el barullo proveniente del fondo cesó. Los pocos
forasteros que se agolpaban en la pequeña taberna del hostal debieron haber
escuchado a la mujer.
-Me gustaría saber qué es lo que se lo hace pensar, pero si
eso le sirve de garantía para al menos brindarme su establo por esta noche, se
lo agradeceré.
-Dormirá sobre la paja.
-¿Cuánto le debo?
-Diez peniques y le haré huevos en el desayuno.
Al atravesar el recinto principal, se sintió observado. Sus
ropas denotaban linaje, por más que hubiera querido cubrirlas bajo su abrigo
raído y comido por las ratas, anterior propiedad de un vagabundo. Resolvió
cambiárselas en cuanto pudiera.
Las conversaciones no tardaron en reanimarse. Siguieron con
sus cánticos y esas palabras carentes de lógica que suelen profesar los
borrachos. Uno en especial, se balanceaba arriba de su silla cuando Maurice
pasó y los oyó.
-¡Y ahora desapareceré con tan solo un brinco!
-Te matarás…
Poco duró el beodo en su asiento; en efecto y como lo
hubiere anunciado, saltó hacia atrás golpeándose contra el suelo. Luego
estallaron las carcajadas de sus compañeros.
-¡Vean al Fantástico Minervin por veinte peniques la entrada
y una jarra de cerveza!
Maurice aun les prestaba atención cuando uno de ellos lo
miró.
-¿Quiere colaborar, amigo?
-Les compraré una jarra a cada uno si me cuentan porqué lo
llamaron así. – dijo, ayudando al caído a reincorporarse.
-Por la atracción del momento… no eres de aquí, ¿no?
-Eso es cierto.
-Primero que nos pague y luego hablamos.
Sonrió y le indicó al mesero su pedido con la oferta.
-¿Satisfechos caballeros?
Tobías, como así se llamaba el más entusiasta – y el que por
lo pronto se encontraba más sobrio – le explicó entre sorbos que se trataba del
nombre de un mago nuevo en la ciudad, que junto a su joven asistente femenina,
sorprendían con trucos muy modernos y avanzados, manteniendo fascinado al
pueblo entero.
-¿Cuándo volverán a presentarse?
-Parece que en Harwich, pasado mañana, a pedido del Príncipe
Eduardo… al menos así dicen…
-¿De dónde son?
-No se sabe…
-¡De Londres! – gritó una persona de otra mesa. – De allí
provienen todos los magos.
-Yo los vi. – acusó otro, con voz grave y creando misterio,
quien se acercó. – La chica que lo acompaña dice "oui" y "s'il
vous plait" entre sus actos… deben ser dos perros franceses que escaparon
de la revolución y vienen a robar a Inglaterra.
A pesar del patriotismo desbordado, Maurice había recibido
su primer indicio importante.
-De Benfleet. – ultimó la señora del lugar con
determinación. – Allí se presentaron por primera vez. Y a menos que de verdad
estén huyendo, todos los actos empiezan por casa.
De pronto apagó las luces y les recomendó a todos que se
fueran a dormir. El acató la directiva en silencio, haciendo oídos sordos a los
reclamos y a las quejas por haber cerrado el bar tan temprano. Salió del hostal
dirigiéndose al establo, donde cerró sus ojos al apenas apoyarse sobre la paja.
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